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  Argentina

El caso Quilmes como exponente de

la extranjerización de la economía

La compra de la casi totalidad del paquete accionario de la cervecera Quilmes por la transnacional InBev, además de acrecentar la presencia del gigante belga-brasileño en América Latina, acentúa la extranjerización de la economía argentina. El gobierno de Néstor Kirchner aspira a reaccionar apostando a la reconstrucción de una “burguesía nacional”.

 

Si bien Quilmes ya no era estrictamente “argentina” (InBev, a través de su filial brasileña AmBev, controlaba parte importante de las acciones de la firma desde 2002) se mantenía como uno de los símbolos del empresariado industrial “nacional”.

 

En los últimos años, sobre todo en la menemista era de los noventa, firmas “faro” de la industria argentina pasaron a manos extranjeras. Antes de Quilmes, la otra gran empresa vernácula en ser adquirida por capitales transnacionales fue la cementera Loma Negra, comprada por el grupo brasileño Camargo Correa en más de mil millones de dólares, 200 millones menos que los desembolsados por InBev este mes.

 

El mismo camino habían seguido antes, entre otras, las compañías de alimentos Terrabusi, Bagley y Canale, las cadenas de supermercados Norte, Jumbo y Tía, las bodegas Norton, Trapiche y Peñaflor, así como bancos, petroleras y firmas de telecomunicaciones.

 

Según un informe publicado en el diario La Nación, de Buenos Aires, “el negocio cervecero se había convertido en uno de los últimos refugios de los capitales nacionales”, no sólo en Argentina sino en todo el Cono Sur latinoamericano. La única firma local de ese sector que todavía “resiste el avance extranjero” es la chilena CCU. InBev aparece como el indiscutido rey de la cerveza en la región, al dominar partes sustanciales del mercado en Argentina, Bolivia, Brasil, Paraguay y Uruguay.

 

De las cien mayores empresas argentinas, 78 pertenecen a grupos económicos extranjeros, sobre todo estadounidenses, europeos y en menor medida de otros países sudamericanos.

 

El desembarco extranjero en el país hoy tiene color verde-amarelho. Los brasileños han sucedido a los estadounidenses y europeos (que en parte huyeron tras la crisis financiera de 2001-2002) como los más dinámicos a la hora de adquirir grandes empresas locales. Además de Quilmes y Loma Negra, se han hecho del frigorífico Swift, el principal exportador de carne, Acindar (siderúrgica) y Pérez Companc (petrolera). Entre 2002 y 2005, recuerda una investigación publicada en el matutino Página 12, Brasil invirtió en Argentina más de 5.100 millones de dólares, casi el triple de lo que invirtió durante la década de los noventa.

 

“Los capitales brasileños no están comprando todo tipo de compañía sino pocas empresas, pero muy grandes y en sectores concentrados”, destaca el informe, según el cual “las principales translatinas brasileñas se especializan en recursos naturales o en manufacturas basadas en recursos naturales”.

 

También de Chile y México han llegado noticias. Chilenos son actualmente los líderes del supermercadismo argentino, tras la adquisición de la cadena Jumbo y próximamente de Disco (si el gobierno autoriza la operación) por la firma Cencosud. Los mexicanos están a sus vez muy presentes en el área de las telecomunicaciones.

 

Los distintos modelos de desarrollo adoptados por Brasil y Argentina en los últimos diez años explicarían, a juicio de un informe sobre inversiones en América Latina publicado recientemente por la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) de Naciones Unidas, el distinto grado de trascendencia fuera de fronteras de las firmas de uno y otro origen.

 

En Brasil, dice la CEPAL, “se logró una reestructuración de las firmas nacionales que supuso intensos procesos de innovación tecnológica y organizacional y una mejor calidad de los productos, lo que significó un estímulo para la internacionalización, fenómeno que comenzó a verse reflejado en la evolución de las inversiones directas en el exterior”. El Estado, a través del Banco Nacional de Desarrollo, tuvo un papel central en el estímulo de ese proceso.

 

En Argentina, en cambio, según resumió “un académico especialista del sector empresarial” citado por Página 12, “en los noventa los grupos nacionales se ocuparon en participar del negocio fácil de las privatizaciones mientras los brasileños pensaban en cómo producir más”. “La falta de dinamismo y la carencia de un pensamiento a mediano plazo que ostentan los grandes grupos nacionales es lo que los lleva a sentirse amenazados ante la competencia en el país de un grupo transnacional”, concluye la nota periodística.

 

De todas maneras, y como contratendencia, grandes firmas que permanecen en manos argentinas han logrado expandirse internacionalmente. La Nación destaca el caso de Techint, “el mayor fabricante del mundo de tubos sin costura, con inversiones distribuidas en Brasil, Venezuela, México, Canadá y Japón”, y Arcor, “principal fabricante de caramelos del planeta y uno de los productores de alimentos líderes en América Latina”.

 

A esos y otros grupos apuesta el presidente argentino para recrear un aparato industrial fuerte, diezmado tras décadas de aplicación de políticas económicas liberales.

 

Néstor Kirchner ha arremetido recientemente contra varias e importantes transnacionales instaladas en el país (entre ellas la petrolera holandesa Shell, contra la cual instó a un “boicot cívico”, la estadounidense Monsanto, acusada de “patotera y prepotente” por uno de sus ministros, y la fabricante de celulosa finlandesa Botnia) y promovido la reestatización de servicios privatizados en años anteriores, como el agua potable, el correo y los satelitales, así como el ingreso de capitales nacionales en empresas del sector eléctrico y telefónico.

 

Los planes del gobierno se ven favorecidos por el fuerte crecimiento registrado por la economía en los últimos años de la mano de un gran dinamismo de ciertos sectores de la industria.

 

Aun así, “existe coincidencia entre economistas de diferentes puntos de vista en que, por las sucesivas crisis, Argentina perdió participación en la economía mundial y se amplió la brecha económica, productiva, tecnológica y social respecto del resto del mundo”, observa el investigador Ismael Bermúdez en una nota publicada en el diario Clarín. Además, a pesar de que se ha recuperado el Producto Bruto Interno per capita anterior a la crisis, “los indicadores sociales aparecen más deteriorados” que entonces.

 

“En estos días se discute sobre si es factible y necesario recrear una ‘burguesía nacional’ como base esencial para desarrollar un modelo productivo al servicio del país”, dijo a su vez al semanario uruguayo Brecha el economista Pablo Galetti, de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires.

 

Bermúdez parte de la misma constatación. “En el escenario actual, comienza a reabrirse un viejo debate nacional nunca saldado: cuál debe ser el perfil productivo de la Argentina, cuáles son las actividades que deben liderar el crecimiento, qué lugar debe ocupar el Estado y qué papel le corresponde al capital extranjero, y si existe o no una auténtica burguesía nacional emprendedora”, señala.

 

El problema -tercia Galetti- es que “la creación o no de una burguesía, más allá de su carácter, es un proceso económico y social que no puede determinarse por la voluntad del Estado ni del gobierno”, y todavía no existen indicios suficientemente sólidos como para concluir que se está en ese camino.

 

Daniel Gatti

© Rel-UITA

2 de mayo de 2006

 

 

 

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