Con Paquito D' Rivera

La música es buena o mala, y más ná

 

 

En Cuba se zambulló, desde niño y junto a su padre, en lo mejor de la música clásica y popular. Clarinetista y saxofonista de excepción, prolífico compositor de cámara y de jazz, con 56 años está celebrando en 2004 sus 50 años en la música. Ganador de seis Premios Grammy y con un sin fin de distinciones su nombre se inscribe entre los mejores exponentes del arte contemporáneo.

  

EFE

-¿Cuál es el balance de su medio siglo en la música y qué sensaciones cobran vida en su memoria?

 

-José Martí dijo que un hombre para ser completo tenía que tener un hijo, escribir un libro y plantar un árbol. Yo he hecho todo eso. Escribí dos libros, tengo un hijo (Franco) y he plantado unos cuantos árboles, así que por lo menos con Martí estoy bien, uno de los personajes que más admiro.

 

En cuanto a las sensaciones lo primero que me viene a la mente es mi padre. Él fue quien me inició en esta carrera por lo cual le estaré eternamente agradecido. Fue quien me enseñó a leer. Cuando llegué a la escuela ya sabía leer perfectamente bien. El primer libro que puso en mis manos fue Sandokan, El Tigre de la Malasia de Emilio Salgari, después vino Julio Verne, José Eustacio Rivera, y muchos otros. También le debo mi vocación de escribir, mi padre escribía bien a pesar que solamente hizo hasta sexto grado de escuela. A él le debo todo lo que soy.

 

-En su música confluyen el mundo clásico y lo popular, lo latino y lo anglosajón, ¿cuál es la explicación?

 

-Mi padre fue un saxofonista clásico pero le gustaba mucho la música de jazz, entonces crecí escuchando todo tipo de música. Me daba lo mismo. A él le gustaba mucho oír cantar a Mario Lanza y escuchar a la orquesta de Duke Ellington. Ponía en el tocadiscos cualquier cosa. Hasta que tuve 12 o 13 años no supe la diferencia que había entre Mozart y la orquesta de Pérez Prado. Me daba lo mismo una cosa que otra.

 

-Eso le ha dado mucha riqueza y solidez.

 

-Como decía Ellington: hay solamente dos tipos de música: buena y mala. Y todo lo que yo escuchaba era muy bueno.

-Habiendo sido uno de los fundadores del Grupo Irakere, ¿podría decirse que dicha agrupación era una síntesis perfecta de varias corrientes musicales?

 

-Éramos un grupo de músicos que habíamos hecho muchos géneros musicales y tratamos de fundirlos en un solo grupo. Irakere es el resultado de una serie de experiencias de un grupo de músicos que tocábamos todo.

 

-¿Mantiene contactos con Arturo Sandoval? ¿Han vuelto a tocar juntos?

 

-Al poco tiempo que él llegó a Estados Unidos grabamos un disco que se llama “Reunión”. Luego de eso no hemos vuelto a vernos ni a tocar.

 

-¿Las relaciones entre ustedes no son buenas?

 

-Él vive en Miami y yo en Nueva York.

 

-Dos grandes de la música como Bebo y Chucho Valdés, ambos amigos suyos, tomaron caminos distintos. Bebo se exilió y nunca más volvió a Cuba, Chucho, su hijo, en cambio, decidió quedarse. ¿Qué reflexión le merece esta situación de seres tan próximos a usted?

 

-Eso tiene un nombre: comunismo, y es lo que provoca ese distanciamiento, esas separaciones por motivos políticos. En un reciente reportaje Diego El Cigala, que junto con Bebo Valdés grabó el año pasado el disco Lágrimas Negras alcanzando éxito mundial, decía: “Después del éxito que obtuvimos con un ciudadano ilustre como Bebo Valdés alrededor del mundo, cuando fui a su propio país se me recomendó que ni siquiera mencionara su nombre. Toqué con su hijo, Chucho, quien lo sustituyó en el piano, y no pude mencionar a su padre”. Y eso no lo dije yo, lo dijo un gitano que nada tiene que ver con la política.

 

-En lo estrictamente musical, ¿le gustan Los Van Van?

 

-Sí, a pesar de que no es mi género de música favorita, es indiscutible que Juanito Formell creó una gran cosa. Los dos grupos cubanos contemporáneos más importantes son: primero, Juan Formell con Los Van Van, y después Irakere. Fueron los dos grupos que modernizaron la música. Desde allí parte todo el movimiento de lo que ahora llaman “Timba”, y que está muy influida por el jazz y el rock.

 

-Las influencias que procesaron y aplicaron básicamente al son cubano, Changuito (José Luis Quintana) en la percusión y Formell en el bajo, lograron una sonoridad muy sabrosa. Cuando tocan hasta las mesas bailan.

-A Changuito le gustaba tocar rock and roll y empezó a mezclar todo eso en una batería. Al principio sin platillos, con una cajita china sola, y crearon una forma distinta de tocar. Formell es un tipo muy creativo para la música popular. En el otro extremo Irakere, con su “metalería” que sale de Blood, Sweat and Tears, al mezclarse con la música afrocubana y con los tambores batá, nació ese estilo de música muy creativa. Hay mucha gente que me pregunta porqué no me he dedicado a la música de baile y yo digo: porque ya eso lo hice muy bien. Eso es un arte, el arte de pegar en el público. Es un arte y una esclavitud también.

 

-No entiendo lo del arte y la esclavitud. Los tipos cantan lo que está en boga en la calle, en la esquina, en el barrio, son esencialmente populares.

 

-Eso es lo que es. Con ese tipo de orquesta hay que estar constantemente en la calle escuchando los dichos populares, estar en la moda, y eso es una esclavitud, yo hago lo que me da la gana, no lo que me diga el pueblo que haga, ¿no? (risas)

 

-La música y el humor fluyen de usted constantemente, ¿de qué otra manera manifiesta su “cubanía”?

 

-Por lo menos comiendo frijoles negros tres o cuatro veces por semana. Así siente uno la “cubanía”. No sé, hay tantas cosas que simbolizan el carácter cubano, y eso se agiganta con la distancia. Cuando uno está lejos de su país, lejos de donde nació, es como dijo la gran folklorista Lydia Cabrera cuando salió exiliada hacia París en el año 60: “Yo descubrí a Cuba a orillas del Sena”, una frase muy bonita que lo define todo.

 

-¿El desarraigo hace que la identidad se potencie a pleno?

 

-Es increíble, en Cuba casi no escuchaba música cubana, como que eso estaba en el ambiente, estaba en la atmósfera. Allá, yo decía que la mejor orquesta típica era la de Count Basie y que el mejor cantante de son montuno era Joe Williams.

 

-Pese a que usted en su segundo libro, “¡Oh, La Habana!”, habla de sus innumerables encuentros en la tienda musical de su papá con Ernesto Lecuona, Benny Moré, Cachao López y otros pioneros de la música popular cubana.

 

-Conocí muchísima gente allí, además de los que tu nombraste, Chico O'Farrill, Pedrito Knight (esposo de Celia Cruz) y Chocolate Armenteros, que era el amigo más elegante que tenía mi papá, todos ellos iban a comprarle trompetas. Cachao una vez le compró un contrabajo.

 

-Tito Puente creó 400 composiciones y unos 2.000 arreglos musicales, ¿usted lleva la cuenta?

 

-No tengo ni la menor idea. Yo escribo música, y a la música se la lleva el viento.

 

-¿Cuál es su técnica para componer? ¿Lo hace a partir del saxo?

 

-No, no hay nada, es todo imprevisto. No tengo un método para hacerlo. A veces sale solo y a veces hay que forzarlo. Ahora mismo tengo que escribir una pieza para un quinteto de vientos y debo entregarla en tiempo porque es una comisión, tengo la obligación de sentarme a escribirla. Entonces, a veces es por inspiración y a veces porque el trabajo obliga. Eso es lo que hace un músico profesional, también. Y compongo a partir del piano, me siento al piano y toco.

 

-¿Qué cambió en usted a partir de su salida de Cuba en 1980?

 

-Siempre quise vivir en Nueva York porque esta ciudad es multicultural, hay gente de todos lados y he absorbido de todas esas multinacionalidades. Por ejemplo, soy loco por los bandoneones y no tuve que mudarme a Buenos Aires, aquí he podido aprender y conocer algunos bandoneonistas, tocar con ellos y trabajar con ese instrumento.

 

-¿Piazzolla o Troilo?

 

-Bueno, Piazzolla sale de Troilo, pero los dos me gustan mucho. A mí también me fascina la música brasileña, siempre digo que la mitad de mi corazón es brasileño.

 

-En su música se aprecia esa influencia muy claramente.

 

-Aquí hay muchísimos brasileños y he aprendido mucho de ellos, así como de los portorriqueños y de los músicos clásicos. Aquí hay gente de todo el mundo, por eso he querido vivir en Nueva York. Viviendo acá he podido vivir en todos lados, Nueva York es como estar en todos lados.

 

-En su caso se aplica aquello de “Cuba y Puerto Rico son de un pájaro las dos alas...”; su esposa, Brenda Feliciano, es boricua.

 

-Mi es esposa es portorriqueña y es una gran soprano. Esa frase pertenece a la poetisa Lola Rodríguez de Tió. “Cuba y Puerto Rico son de un pájaro las dos alas, reciben flores y balas en un solo corazón.” Lola nació en Puerto Rico, se casó con un cubano y murió en Cuba.

 

-Usted cuenta una anécdota muy jocosa referida al divorcio que existe entre músicos clásicos y de jazz que muchas veces interfiere en su trabajo.

 

-¡Uff! ¡Qué trabajo les cuesta a los clásicos entender la síncopa, qué “gallegos” son, mi madre! A veces me pongo a escribir cosas para quinteto de vientos o cuarteto de cuerdas, y cuando les llevo las partes me miran como a un extraterrestre y me dicen: “¿Qué es esto? ¿Es pianissimo o mezzo forte?” ¡Qué carajo importa, tócalo a tiempo y ya! No hay forma con ellos.

Claro, si se pasan escuchando a Bach y no conocen a Celia Cruz ni de nombre, nunca lo van a entender. Y a los de jazz, mientras tanto, tú le hablas de una fuga y te dicen: “¿Qué? ¿Quién se escapó?” Eso es muy limitante, y también aburrido. No creo en el aprendizaje de la música de oído, eso es un disparate. Pero no poder tocar de oído es otro disparate. He escuchado un chiste que me suena muy real: ¿cómo haces para que un guitarrista popular baje el amplificador? Ponle una partitura delante. ¿Y cómo logras que un guitarrista clásico deje de tocar? Sácale el papel. Es una gran verdad. Los músicos de jazz están perdiendo siglos de tradición musical y de disciplina y la figura de la música clásica; el jazz es un género joven, tiene sólo 100 años. Y por otra parte los músicos clásicos se están perdiendo de la espontaneidad de un género joven. En el Cono Sur específicamente hay grandes problemas rítmicos. Para la gente que nacimos en el Caribe o los músicos estadounidenses de jazz, no hay muchos ritmos por allí abajo, con excepción del candombe de Uruguay. La música es música y más ná, y se debe tratar de entenderla. Mientras más uno sepa de los distintos géneros mejor uno los toca.

 

-¿Qué significan las pérdidas de Celia Cruz y Tito Puente?

 

-Eso es irreparable. No hay forma de suplir a esa gente, ni desde el punto de vista musical ni personal. Son personajes que salen cada mil años. Celia y Tito fueron gente muy especial. Esa gente regó felicidad por el mundo. La última fiesta que tuvo Celia fue en mi casa, ella vivía muy cerca de aquí, y ya se notaba que estaba herida. Inclusive empecé a cantar para provocarla un poco y se paró, cantamos a dúo Caramelo a Kilo, pero no duró ni 10 segundos la pobre. Cuando ella murió escribí un artículo que se llamó La Reina y su Caballero, porque el apellido de su esposo (Knight), en inglés significa caballero, y lo publicaron en el Miami Herald en inglés y en español. Ella decía: “Yo soy una persona alegre que me gusta cantar, así quiero que me recuerden”, y el artículo era un poco triste, pero como ella quería que la recordaran con alegría, sobre el final escribí una anécdota. En Colombia, una vez, bajando del escenario, un borracho, pero muy borracho, muy sudado, le dijo: “Ven mi reina, voy a darte un beso”, y Celia le respondió: “¡Ay no mi negrito, que ahora estoy de prisa, mira, dáselo a Pedro que viene ahí detrás!”

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-Usted manifiesta estar en constante apren-dizaje, en superación permanente. ¿Cuántas horas le dedica a la práctica del saxo y del clarinete?

 

-Hago tantas cosas hoy día que el tiempo no me da. En mi caso hay una muy buena formación. Desde niño mi padre me obligaba a estudiar y él estudiaba conmigo, 8, 9, 10 horas diarias. Hoy entreno cuando tengo que tocar en eventos especiales. Hace pocas semanas participé de un festival de música de cámara en Utah, el Moab Festival. Con motivo de la celebración de mi 50 aniversario tuve que tocar el Trío de Brahms para clarinete, violoncello y piano, lo elegí en homenaje a mi padre a quien le gustaba mucho Brahms, y para tocar esa pieza, que es sumamente difícil, sí me entrené. Ahora hace como tres días que no estudio ni toco una nota porque estoy escribiendo un trabajo contratado que debo entregar. Pero, hay que estar encima del instrumento, sobre todo cuando uno es joven, los muchachos jóvenes deben buscar una buena formación.

 

-¿Qué representa para usted el doctorado en música que le otorgara la Universidad de Berkeley en 2003?

 

-Eso fue como un sueño que se convirtió en realidad, porque la escuela Berkeley ha sido siempre un ejemplo para todos los músicos de jazz del mundo. Ahora mismo acaban de anunciarme que me van otorgar el Premio Nacional de las Artes, National Endowment of the Arts. Eso es muy fuerte porque con esa distinción están Wayne Shorter, Ella Fitzgerald, Sarah Vaughan, Dave Brubeck, y el único latino soy yo. También me da un poco de tristeza porque hay gente que lo merece más que yo. Pero, como dice Juan Formell, al que le tocó, le tocó... (cantando)

 

-¿Se ha perdido creatividad últimamente en la música?

 

-No, siempre hay gente creativa aunque nunca abunda, en todos los tiempos ha escaseado. No hubo diez Beethoven en el siglo XIX, había solamente uno. En todos los tiempos ha habido gente olvidada porque no han sabido promocionarse, no han sabido vender su trabajo, en el buen sentido del concepto, pero el talento no abunda, no es un pescado que se consigue tirando una red y caen diez. Gente creativa hay la que hay, siempre ha sido así. Tito Puente no nace todos los días.

 

-¿Qué desafíos tiene en la música y en su vida?

 

-En su vida y en bajada, como decía Cantinflas. Hago lo que me gusta, gracias a Dios y a mi padre. Escribir, escribir y tocar música, conocer gente, escuchar música también, me encanta. Esto es lo más parecido que puede haber a la felicidad. Pero hay muchas cosas que me entristecen tremendamente, como la esclavitud de mi tierra. A la gente que no está de acuerdo con “ese hombre” (Fidel Castro) se le considera ciudadano de segunda cuando realmente quien es un ciudadano de tercera es él. Me da más pena la situación de Raúl Rivero, que es un poeta cubano que cumplió 28 años de cárcel por escribir poemas, por hacer lo que hace Mario Benedetti. Es increíble, los cargos eran posesión de grabadora y de literatura subversiva; es lo mismo que hicieron Franco y Hitler. No hay forma de defender eso en nombre de las escuelitas y los hospitales.

 

-Sé que a tocar volvería, pero, ¿volvería a vivir en Cuba?

 

-¿A vivir allá? Me gustaría tener quizás una propiedad, un apartamento, sí. Lo que pasa es que me gusta mucho vivir en Nueva York por cuestiones culturales, pero cuando me aprieta el frío seguramente me iría para allá.

 

-Si tuviera que armar una “Big Band” para tocar música afrocubana, ¿qué estructura tendría y quiénes la integrarían?

 

-Bueno, estaría mi amigo Manuel Valera como primer saxofón, él tocaba con el grupo de Gonzalito Rubalcaba. Diego Urcola, mi trompetista, y Claudio Roditi, en el trombón Juan Pablo Torres. La sección rítmica sería la que tengo hoy día conmigo: Alon Yavnai en el piano, Oscar Stagnaro en el bajo, más un guitarrista que es un fenómeno llamado Romero Lubambo, que ha tocado varias veces en Lapataia de Punta del Este (Uruguay), y Mark Walker como baterista. Todos ellos son muy versátiles y eso me permite hacer rumba, tango y samba a la vez. Y en las congas me llevaría a “Mañenguito” (Giovanni Hidalgo).

 

-¿Y cantantes?

 

-Eso no lo había pensado. Casi nunca trabajo con cantantes, pero quizás utilizaría a Willy Chirino, que también compone cosas muy bonitas.

 

-¿Qué opinión tiene de Rubén Blades y de su álbum Maestra Vida?

 

-Es una obra maestra, y los arreglos pertenecen a un gran amigo argentino, Carlos Franzetti. Sobre Rubén tengo el mejor concepto, el más alto. Rubén es una persona muy especial y un artista de primera.

 

-¿Y Oscar D' León?

 

-Me encanta ese tipo, sobre todo como toca el bajo. Fuera de Cuba es la persona que yo he oído cantar la música cubana como nadie, la verdad. Los cubanos decimos que cuando ese hombre fue a Cuba en 1983 fue a bailar a la casa del trompo. Fue a Cuba a cantarle música cubana a los cubanos. Oscar es un grande. Tú sabes que el tipo quiso comprar el carro del Benny (Moré), su ídolo, que tenía un Cadillac convertible y convenció a su familia para que se lo vendieran, pero las autoridades no se lo dejaron llevar de Cuba.

 

-La celebración de sus 50 años en la música tendrá su punto culminante en el majestuoso Carnegie Hall de Nueva York, el 10 de enero de 2005. ¿Qué se puede adelantar?

 

-Se están preparando cosas bien lindas. Estará el violonchelista Yo-Yo Ma, el cuarteto New York Voices, con los que grabamos el disco Brazilian Dreams, mi esposa Brenda Feliciano, interpretará a George Gershwin, la Orquesta Juvenil de Las Américas, que es una tremenda orquesta integrada por los niños más talentosos de todo el continente, Las Hermanas Márquez y Bebo Valdés, y estamos gestionando al pianista Pablo Ziegler y a Chick Corea. Será una celebración muy linda y divertida. El evento se llama “Paquito D´Rivera, 50 años y 10 días”. En estos momentos la televisión española junto con la francesa están haciendo un documental que se denominará como mi primer libro: “Mi Vida Saxual”.

 

-¿Y después del Carnegie Hall se viene la décima edición del Festival de Jazz de Lapataia en Punta del Este?

 

-Allí nos veremos. En esa oportunidad contaremos con la presencia estelar de Bebo Valdés para el cierre, el 16 de enero. Y a mis amigos uruguayos que me han recibido siempre con tanto amor y cariño, un saludo afectuoso.

 

 

Rubén Yizmeyián

© Rel-UITA

21 de octubre de 2004

 

 

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