La espada, la Biblia y el dinero

 

 

En 1964, cuando se produjo en Brasil el golpe de Estado que destituyó al presidente João Goulart, en un muro de Río Janeiro apareció un grafitti que resultaba toda una definición. Decía: “Basta de intermediarios: Lincoln Gordon al poder” (Gordon era el entonces embajador de Estados Unidos en Brasil).

 

A medida que van quedando atrás los años de dictaduras y enfrentamientos radicales, el análisis permite una más clara interpretación de los hechos.

 

Aunque en general los militares han mantenido en secreto el destino de los detenidos-desaparecidos, en una actitud propia de las mafias, poco a poco se va conociendo toda la verdad sobre la violación de derechos humanos. De esa información surge que en Uruguay, antes del decreto que el 27 de junio de 1973 disolvió las Cámaras, ya el país se había ido deslizando hacia la dictadura; las arbitrariedades, persecuciones, torturas y asesinatos se reiteraban, contando con la impunidad favorecida por la censura de los medios de comunicación.

 

Mientras el Parlamento estuvo en funciones las denuncias que allí se planteaban podían ser recogidas por la prensa, que incluso llegó a estar sometida a censura previa.

 

Las “Medidas Prontas de Seguridad”, que la Constitución establece para los casos de agresión exterior o grave conmoción interior imprevista, primero se aplicaron en forma esporádica, pero a partir del 13 de junio de 1968 se establecieron de forma permanente. A su amparo se produjeron desbordes de las fuerzas de represión. Cuando esos hechos eran denunciados por legisladores como Zelmar Michelini, desde sectores blancos y colorados se sostenía que esos planteamientos tenían como objetivo desprestigiar al gobierno y a las Fuerzas Armadas.

 

Hoy se sabe que hasta militares honestos creyeron en ese enfoque. El hoy retirado general Oscar Pereira, por ejemplo, en un libro que tituló “Recuerdos de un Soldado Oriental del Uruguay” expresa: “Como tantos otros, consideré que las primeras denuncias sobre el deshonesto saqueo de viviendas, el ultraje de mujeres indefensas y la desnaturalización materna de recién nacidos eran patrañas orquestadas para socavar al máximo la imagen de las Fuerzas Armadas; pero lo contundentes argumentos que se acumularon en el tiempo me convencieron de que las injustificadas aberraciones fueron cometidas por unos pocos delincuentes y sádicos desenfrenados, al margen de la mayoría que seguramente las condenaba tanto como yo; aunque también estaba muy clara la omisión irresponsable de todo el Escalón de Mando, porque nuestro Código establece que la supuesta ignorancia de los hechos no es causa para eximir la total responsabilidad superior”.

 

En las tareas de represión las dictaduras de la región actuaron en alianza estrecha. Están absolutamente comprobados los crímenes de la “Operación Cóndor”, tales como los asesinatos en Buenos Aires del general Arturo Prats (chileno) y de su esposa, del general Juan José Torres, ex presidente de Bolivia, y de los legisladores uruguayos Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz.

 

Los propios militares de la época han declarado por mandato de quién cometieron esos crímenes. El almirante argentino Emilio Eduardo Massera, entrevistado por la periodista Olga Wornat declaró: “Los que hoy protestan y se horrorizan por las cosas que pasaron son los mismos que me decían: ‘Almirante: vaya y mátelos a todos. Persígalos hasta sus guaridas y destrócelos’”. Y ha definido con claridad lo sucedido: “Si ha habido torturas yo me hago cargo. Nunca me borré”.

 

Admite, además, que existieron centros clandestinos de detención y hasta asume la defensa de las torturas y arbitrariedades destacando hechos propios de todas las guerras: “¿O qué se piensan que hacían los Estados Unidos en Vietnam”?, afirma. Y agrega: “¿Creen por un segundo que todo lo que hicimos fue sin el aval de los políticos, los empresarios y los curas?”

 

Luego, refiriéndose a los grandes empresarios (“los dueños de la Argentina”, como él los define) informa: “¿Cree que alguna vez alguno de ellos protestó por lo que pasaba o me pidió por un desaparecido? Jamás”. Y expresa, en cambio, que le decían: “Extermínelos a todos, Almirante, que nosotros necesitamos tranquilidad para hacer nuestros negocios”.

 

Más allá de la identificación de los responsables directos y ejecutivos -militares y policías- de instrumentar el terrorismo de Estado en la región, el tiempo irá seguramente develando la espesa trama de complicidades, colaboraciones e intereses políticos y económicos que promovieron y se beneficiaron con él. La mano que blandió la espada.

 

  

En Montevideo, Guillermo Chifflet

Rel-UITA

16 de junio de 2008

 

 

 

 

 

 

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