Ser lo que se predica

Creemos en una prédica de la conducta

 

 

Pensando sobre lo que leemos en alguna prensa o en declaraciones de algunos legisladores y políticos, he sentido que los agravios, las insinuaciones o acusaciones sin pruebas, empequeñecen, disminuyen, rebajan, el necesario diálogo nacional. Hemos pensado, entonces, referirnos a un tema que ha preocupado e interesa a personas de todos los partidos, no sólo en el Uruguay, y sobre el cual se intercambian -reitero- acusaciones y agravios. Me refiero a la corrupción o a ciertos vicios que es necesario superar, como las recomendaciones, las tarjetas de presentación, el clientelismo.

 

En primer lugar, es saludable pensar que ningún partido está libre de que alguno de sus adherentes pueda incurrir en un error, o en un acto deshonesto. Pero los errores hay que señalarlos para la rectificación correspondiente.

 

Ante la posibilidad de actos deshonestos es necesario dar intervención a comisiones de disciplina, tribunales, y elaborar normas que permitan detectarlos y sancionarlos.

 

Hoy, creo que empiezan a darse las condiciones para que cada partido o sector político rivalice con los adversarios sobre las mejores medidas para superar prácticas que durante mucho tiempo ha tenido que padecer el país.

 

Cada fuerza política debe comprometerse, además, creemos, en una prédica sobre la conducta.

 

Siempre recordamos al doctor José Pedro Cardoso, importante figura del socialismo uruguayo, que en sus escritos y discursos sostiene que los militantes de su partido no sólo debían distinguirse por sus ideas, por la propuesta de una nueva sociedad, sino también por la conducta, por un estilo, por un modo de vida que, siendo de cada militante en particular, debe serlo, también, de la fuerza política.

 

Con algunas anécdotas vamos a referirnos al ideal hacia el cual la izquierda (y no sólo la izquierda, sino en general todo político honesto) debe apuntar. La primera que hemos elegido se refiere a la manera del ingreso a la administración.

 

En junio de 1969 -primeros meses de la revolución en Cuba- Ernesto Guevara recibió, desde Buenos Aires, el planteamiento de una mujer argentina que ofrecía trabajar para la revolución. Guevara contestó que había recibido con mucho gusto la carta, y le explicó que, considerando la forma en que debían enfrentar las necesidades en Cuba, “no podemos negarle la participación a nadie que ofrezca servicios que pueden ser de gran utilidad para la Revolución. Así que no veo ningún inconveniente en que se traslade a ésta, donde será recibida, pero quiero aclararle -agregaba el Che- que todo puesto se gana por estricto concurso de oposición, y usted tendrá que someterse a la norma. Reciba un cordial saludo, Che”.

 

¿No es esa la respuesta, y aún más, la conducta que debe tener todo militante político que aspire a que su partido sea el que más se caracterice por una práctica distinta a los ingresos por amistad, parentesco o por tarjeta de recomendación, procedimientos que tanto mal han hecho a la administración y a la política?

 

Hay muchos ejemplos que prueban esa conducta ejemplar, que debe ser la normal. Veamos otro: por ese tiempo, primeros meses de la Revolución, un amigo mexicano de Guevara le solicita un pasaje para viajar a Cuba.

 

El Che responde, textualmente: “Estimado amigo: te ruego me disculpes la demora en contestarte, pero no fue por negligencia de mi parte, sino por falta de tiempo. Mucho me agradaría poder costearte tu viaje a Cuba, pero no cuento con recursos para ello. Mis ingresos se limitan a mi sueldo como Comandante del Ejército Rebelde el que, de acuerdo con la política de austeridad de nuestro gobierno, es solamente el necesario para proporcionarnos un nivel de vida decoroso. No ha sido ninguna molestia tu carta sino, por el contrario, me ha sido muy agradable. Tuyo afectísimo, Ernesto Che Guevara”.

 

En ningún momento se le ocurrió al Che pensar que el pasaje podía pagarlo el Estado. Y eso es muy importante, ya que las normas éticas deben ser mantenidas en todo momento.

 

EL Comandante Guevara planteó, con frecuencia, lo que llamó “la propaganda de la conducta”, y esa actitud le caracterizó desde las duras luchas de la guerrilla en la Sierra Maestra.

 

En otra oportunidad, Guevara y un grupo de guerrilleros estaban combatiendo contra soldados del dictador Batista. En pleno combate, un compañero le informa al Che que los enemigos, con propósito intimidatorio, habían fusilado a un guerrillero que habían podido apresar. Y en el fragor del combate el compañero le dice al Che: nosotros hemos apresado a un coronel; podemos responder fusilándolo a la vista del enemigo. Guevara, sin cesar el combate, simplemente responde: “¿Crees que somos como ellos?”.

 

Hechos así, de respeto a la vida, aún de los enemigos, de respeto y solidaridad con los campesinos, terminaron consolidando una alianza entre la guerrilla y los guajiros explotados desde largo tiempo atrás. Y al triunfar la Revolución, una de las primeras medidas fue la reforma agraria y una campaña de alfabetización que se cumplió con gran éxito.

 

Desde los cargos de gobierno que desempeñó Guevara, jamás se le pudo acusar de favoritismo. En un excelente libro que se titula: “Che: el camino del fuego”, Orlando Borrego, uno de sus colaboradores en el Ministerio de Industrias, explica que la preferencia afectiva por algún colaborador, cosa que resultaría totalmente normal en cualquier ser humano, en Guevara nunca se dio. Y afirma que esa actitud del Che hizo que algunos pensaran que tenía una exigencia mayor hacia quienes más apreciaba y a quienes conocía de más años.

 

“Personalmente comparto esa opinión -explica Orlando Borrego en su libro-, sobre todo teniendo en cuenta que el Che nunca hubiese admitido que alguien lo pudiera tachar como un dirigente revolucionario que practicara el favoritismo con los más allegados, en función de su amistad personal.

 

También pienso que para el Che era mucho más penoso que una persona que se hubiera educado junto a él durante varios años, fuera a cometer algún error grave de principios, o cualquier otro hecho que atentara contra la legalidad revolucionaria”.

 

Es evidente que no es con agravios que se puede estimular el mejoramiento de la conducta. El ejemplo, en cambio, perfecciona a la persona y paralelamente a la comunidad. Significa, a la vez, capacidad de análisis autocrítico y testimonio innegable de solidaridad.

 

  

En Montevideo, Guillermo Chifflet

Rel-UITA

6 de marzo de 2008

 

 

 

 

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