Agricultura en URUGUAY

 

 

  AGROTÓXICOS

 

Con Gerardo Arambillete


La muerte en avioneta

Agricultura en URUGUAY

 

Reserva de biosfera, humedales únicos en el mundo, ecosistema sin parangón, un arrozal, otro arrozal, muchos arrozales, enclaves poblados, trabajadores sin sindicato, sitios arqueológicos ignorados, tierras grandes y extranjeras, productores ninguneados... Entre el cielo y el infierno, el conflicto de intereses termina favoreciendo a los poderosos. Por ahora. Porque ya hay quien se defiende.

 

Carlos Amorín

Rodrigo García

El este del país paga tributo ambiental y sanitario a la producción de arroz, pero nadie lo sabe.

Numerosas especies de animales y plantas autóctonas amenazadas de extinción, esenciales para la estabilidad de las planicies de los humedales del este –declarada reserva de biosfera desde 1976han sido afectadas por la aplicación sistemática de compuestos agrotóxicos de la llamada revolución verde. En poco tiempo, el cultivo generador del mayor caudal exportador del país, el arroz, también está afectando la salud de los pobladores y trabajadores de una amplia región.

Contradiciendo los compromisos internacionales asumidos en ese entonces para la “conservación de la diversidad genética y la integridad biótica”, el desarrollo arrocero no sólo ignoró estos criterios sino que además, desde su implantación, comenzó a afectar la salud de pobladores y trabajadores, debido a un sistema de control de plagas y enfermedades cerealeras que no forma parte de aquel plan conservacionista y/o sustentable por el cual se declaró reserva de biosfera a los humedales.

Varias empresas de fumigación aérea utilizan biocidas sobre cultivos de arroz sin respetar las distancias mínimas establecidas con respecto a lugares poblados, y a veces sobre los propios trabajadores. Según médicos de varias localidades rochenses, las enfermedades respiratorias y los índices de cáncer han aumentado, y podrían ser de los más altos del país. En los pueblos cercanos a los arrozales la convivencia con este sistema agrícola suele tener consecuencias graves para su salud, sobre todo cuando los fumigadores aéreos son irresponsables y dejan caer su carga venenosa sobre centros poblados o trabajadores que no fueron prevenidos de la fumigación. Eso pasó a mediados de 1999 en San Luis al Medio, un pequeño pueblo con unos 400 habitantes, ubicado al norte del Chuy, junto a la frontera con Brasil.

Inmediatamente, el doctor Gerardo Arambillete, desde hace 15 años médico de la policlínica Comero de San Luis al Medio, envió un fax al director del Probides, ingeniero agrónomo Alvaro Díaz, y al responsable de Medio Ambiente de la Intendencia Municipal de Rocha, Francisco Laxalte. En él manifestaba su preocupación por la “aparición llamativa de procesos alérgicos de la piel caracterizados por lesiones eritematosas (...) y exudativas (...), todas ellas muy pruriginosas (...), situación que no se verifica en la misma época en otras localidades rochenses donde el médico también atiende, como, por ejemplo, la Barra del Chuy. Obviamente, el doctor Arambillete trasmitía su sospecha de que existía una relación directa entre las fumigaciones aéreas y las enfermedades padecidas por sus pacientes. El médico nunca recibió una respuesta.

Alguien puso aquel fax en manos de BRECHA, que tomó contacto con el doctor Arambillete, un hombre juvenil, elegante, rotundo y aggiornado. Más de un año después de los sobrevuelos fumigantes, la entrevista tuvo lugar en su consultorio de San Luis al Medio, un simpático, breve y somnoliento poblado que parece flotar entre los arrozales.

¿Qué fue lo que motivó su alerta aquel año?

Que en 1999 fue cuando realmente tomamos conciencia de que las fumigaciones aéreas tienen consecuencias en la salud de las personas, porque veíamos pasar la avioneta y daba la vuelta por acá arriba, giraba encima del pueblo. En primavera, cuando nacieron las hojas de los árboles eran blancas... de un color amarillento. Ahí tomamos conciencia. Ese año fue el más clarito. Con relación al tema sanitario, muchas veces hemos estado ante esos síntomas que son banales, y que no necesariamente los asociaba con las fumigaciones aéreas.

Creo que estamos frente a un peligro sanitario importante, porque a corto plazo se presentan estas patologías, pero no sabemos qué enfermedades pueden provocar a nuestra población estas sustancias a largo plazo. No solamente las personas del pueblo padecieron de malestar general y anginas no bacterianas e irritativas, sino que los árboles y las plantas quedaron con un tinte grisáceo, y aquellos que han sido podados comienzan a dar sus hojas nuevas matizadas de un color amarillo, no propio de esos árboles.

—¿Qué pasó después?

—Comuniqué estos hechos vía fax tanto al responsable de Medio Ambiente de la Intendencia de Rocha como al Probides; ni siquiera me contestaron y menos aun tomaron cartas en el asunto, a pesar de que son los que deberían hacerlo. Lo que me molestó es que en más de dos años desde entonces nadie se preocupó, y eso que es gente que gana buenos sueldos. Por lo menos a mí nadie me vino a preguntar nada. Pero mire que también llamé al Ministerio de Agricultura y Pesca, donde me dieron las normativas. En realidad, no hay nada muy reglamentado.

—¿Quiere decir que usted puede darse cuenta de que están fumigando por el aumento de personas afectadas con esos síntomas que describió?

—Sí, en parte sí, pero depende de quién esté fumigando. Hay aviadores (fumigadores) que son más responsables que otros.

—¿Desde cuándo detecta estas enfermedades?

—No podría decir con exactitud, pero... de tres a cinco años atrás. La contaminación depende de si se cultiva cerca del pueblo o no, porque eso varía todos los años. Esto que voy a decir es muy subjetivo, pero me da la impresión de que hay un aumento de las enfermedades respiratorias en general, y de los procesos alérgicos de piel e irritativos muy pruriginosos, con mucha picazón.

—¿Tuvo algún caso que recuerde como más llamativo?

—Un caso aislado de una señora que dos por tres venía a decirme: “Deben estar fumigando del otro lado del pueblo porque estoy atacada”. Y lo que tenía eran broncoespasmos. Ese es un caso bien claramente relacionado, aunque yo no podría afirmarlo si no tengo las pruebas. Ella sí lo afirma, hay que objetivarlo en base a un estudio, con técnicos especializados. Casos graves nunca tuve.

—¿Conoce algún otro lugar donde suceda lo mismo?

—Bueno, un lugar que habría que investigar a fondo es Lascano, que centraliza a muchísima más gente y este tipo de cosas se deben presentar mucho más a menudo y en mayor cantidad. Lo que sí sé es que tienen un índice altísimo de cáncer, tema del que hemos hablado reiteradamente con el doctor del pueblo, que es amigo, el doctor Piqueré. No existen datos estadísticos, sólo es una percepción, lo que no tiene rango de certeza científica. Pero sería fácil saber si esa percepción es real. De ahí a demostrar que eso tiene relación con el uso de productos tóxicos es más difícil, aunque no imposible. En Cebollatí sucede lo mismo. Allí el doctor Solomita es el que puede saber y tener información.

—¿Cuáles pueden ser los efectos graves a largo plazo en la salud de las personas en estos pueblos?

—Claro, esa es mi preocupación y por eso mi alerta a las autoridades. No sé cuáles serían los efectos a largo plazo, pero por ejemplo pueden hacerse crónicos los problemas respiratorios, y si están asociados con cáncer habría que investigarlos. Recién en 1999 comencé a relacionar estas enfermedades con la fumigación, y de ahora en adelante comenzaré a hacerlo sistemáticamente.

—¿Esto no preocupa a los arroceros? ¿No se están contaminando ellos mismos y sus familias?

—Hay gente que se da cuenta de la contaminación y gente que no. En este momento la incertidumbre de los arroceros es muy grande en lo económico, por lo tanto su preocupación mayor va por otro lado. A veces lo que se sabe es que ellos manejan mucho dinero, pero no es dinero de ellos sino de los bancos. En la mayor parte de los casos sus ganancias son sueldos.

Al que no quiere sopa...

El 10 de setiembre pasado el doctor Arambillete, y medio San Luis, no salían de su asombro: una avioneta pasaba una y otra vez por encima del pueblo, incluso en algunas de esas pasadas perdiendo veneno por sus toberas. La gente le gritaba indignada, pero la avioneta (matrícula CX BQJ) pasaba una y otra vez por encima de las casas. Arambillete pudo fotografiarla en varias oportunidades. El comisario de San Luis, que identificó el aparato como perteneciente a una empresa de Lascano, fue hasta allá e incautó un envase vacío del producto que había sido regado sobre el pueblo. Se trataba de un organofosforado de marca Pampa, en cuya etiqueta puede leerse claramente una indicación: “No usar en avión”.

Arambillete presentó una denuncia penal en el juzgado letrado del Chuy, donde aportó las fotografías y decenas de nombres de vecinos de San Luis que se ofrecieron a salir de testigos. A principio de noviembre fue citado a declarar como denunciante, y hace algo más de una semana concurrieron al juzgado del Chuy varios vecinos de San Luis, a su vez citados para declarar, así como el comisario. Todos esperan que se haga justicia.

 

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