Chile

Hambre en la mar

 

 

La crisis de la merluza estaba anunciada. Sin medir consecuencias, Chile se convirtió en potencia pesquera: sexto país en desembarque pesquero, segundo productor y exportador mundial de harina de pescado, uno de los mayores productores de salmón.

 

Gerardo Abarca

 

El actual sistema de cuotas denominado Límite Máximo de Captura (LMC) ha depredado los recursos. No promueve la “conservación”, como dijeron las autoridades antes de su aprobación. Es un sistema de asignación empresarial: la ley cuota de pesca privatizó los recursos y entregó por diez años la propiedad del 80 por ciento de la cuota global anual de todas las especies a conglomerados liderados por Luksic y Angelini. Se entregó un 65 por ciento de la merluza a la flota industrial, el 35 por ciento restante quedó para los artesanales. Hoy, mientras los grupos económicos aumentan sus ganancias, los pescadores ven cómo su actividad y la merluza están a punto de desaparecer. 

La merluza se extingue

 

A sólo tres años de la privatización de los recursos del mar, la merluza común bajó en un 73 por ciento y su recuperación es prácticamente imposible. No es el único pez que se extingue. El 2004, la subsecretaría de Pesca reconoció que el 71 por ciento de las principales especies económicas son sobreexplotadas y corren serio riesgo. Pero todas ellas, a excepción de la merluza del sur, continuaron asignándose a la industria. “No es posible continuar con el criterio de maximización económica cuando hablamos de la extracción de recursos naturales.

 

Las caletas de pescadores viven una crisis sin precedentes. Según el Instituto de Fomento Pesquero (IFOP), el 71 por ciento de las pesquerías presentan un nivel de colapso y signos de sobreexplotación. Nada se hizo. De 17 especies, diez están en estado crítico, nueve de ellas administradas por la flota industrial. Hace décadas que los pescadores exigen que el arte de arrastre sea regulado en los caladeros históricos y áreas de desove. Saben que de mantenerse el actual modelo, otros recursos sufrirán el mismo destino que la popular “pescada” o merluza.

 

“Es absurdo replicar planes de recuperación por recurso. Los costos sociales deben ser asumidos por quienes desencadenaron esto… En plena cesantía, no hay peces. Nuestros botes no salen porque no hay peces. La olla común no la dejaremos. Las autoridades no se anticiparon a esta triste realidad”, dice Gabriel Valenzuela, presidente del Sindicato de Caleta El Membrillo.

 

Sólo en la V Región hay unas diez mil personas ligadas al mar: pescadores, encarnadoras, fileteadores, ambulantes, fleteros, etc. “La red de arrastre, el enmalle y cercos de gran calado producen daños irreparables en el fondo marino. Arrasan todo lo viviente. Convierten el fondo del mar en desierto”, agrega.

 

Por años los pescadores artesanales de San Antonio, Valparaíso y Concón proponen el cierre de áreas a la pesca de arrastre. No hay respuestas y la tendencia va en contrario. Luis Rivera, pescador de El Membrillo, dice: “El agotamiento de la merluza viene de hace tiempo. Lo que está hecho no tiene vuelta atrás. Sólo quedan merluzas pequeñas, ni siquiera juveniles. ¿De qué nos sirven las cuotas si no hay peces? Si no fuera por la olla común, no comeríamos”.

 

La maldita jibia

De seguir así, es inevitable que ocurra con otras especies lo que hoy vivimos con la merluza”, dice Cosme Caracciolo. Las autoridades y la subsecretaría reconocen que “los actuales niveles de captura hacen imposible que la merluza sobreviva”. Según el IFOP, “entre 2001 y 2005 la escasa población adulta (de merluza) ha sido capturada con la red de arrastre de la flota industrial. El máximo rendimiento de la pesca industrial coincide con el período de desove”

 

Para miles de pescadores la única alternativa es capturar jibia. “La necesidad nos hace correr riesgos. La gente se sacrifica, sobrecargando sus botes”, dice Leonardo Muñoz. Otro pescador, Emilio Figueroa, agrega: “Las últimas muertes ocurrieron porque no hay pescada. Hay que sacar la maldita jibia, que está a precio de huevo. Nos quitaron la merluza y hoy pagamos con la vida de nuestros compañeros. Acá hay treinta embarcaciones que debido a su tamaño sólo pueden pescar merluza, pero hoy salen a la jibia”.

 

“La captura de la jibia se hace ‘a pulso’. Hay que luchar con cada ejemplar y subirlo al bote”, dice Leonardo Muñoz. Pero de una tonelada no se obtiene más de 40 mil pesos (US$ 80). “Sólo en combustible y víveres gastas 30 mil. No alcanza para mantener a una familia”, agrega. A pesar de todo, día a día arriesgan sus vidas. Dante Vidal y Manuel Salas, llevaban treinta años como merluceros. Naufragaron y murieron al buscar jibias. A través de un celular comunicaron que estaban a punto de volcarse cerca de Punta Curaumilla. Una inmensa ola los volcó. Varios pescadores acudieron al rescate. La Capitanía de Puerto se unió a las labores. Un tercer ocupante, Pedro Alarcón, sobrevivió a la tragedia. Salas y Vidal dejaron viudas e hijos, que mantendrán el oficio. Alarcón seguirá pescando. Pocos recuerdan que el subsecretario se había comprometido a elaborar un mecanismo para “mejorar el precio de la jibia”.

Cosme Caracciolo

 

Eduardo Quiroz, presidente de la Federación Nuevo Amanecer, cree que la presidenta Bachelet no impondrá una moratoria al arrastre: “No reconocerán que cometieron graves errores. Seguirán con paliativos, reconversión, esto y lo otro, jugando con el hambre”, dice. “Con innovaciones técnicas, asignación de recursos para mejorar embarcaciones, plantas pesqueras y una importante inversión estatal, la jibia sería alternativa. Pero la crisis es resultado de leyes nefastas: el primer engaño fue el de las 5 millas -195 millas para los industriales y 5 para los artesanales-, luego, durante el gobierno de Ricardo Lagos, junto con los TLC vino la privatización, hasta el 2012. Los industriales elijen el recurso obtenido: el grande va a las bodegas, el pequeño, que ya está muerto, al agua. Completan la cuota con juveniles. Así, la matanza de peces es tremenda”.

 

Reina en la torre

Para el IFOP la disminución de la merluza ha sido mayor en la V región, que por años fue el área artesanal por excelencia. “No se visualiza una mejoría de aquí a un año más. Se sabía el riesgo de otorgar cuotas, ante la presencia de peces juveniles”, dicen sus expertos. IFOP recomendó otorgar 42.000 toneladas. Sin embargo, el Consejo Nacional de Pesca, entregó 62.000 toneladas. Del “compromiso” de disminuir la cuota, nadie se recordó. Más de 120.000 personas viven de la pesca artesanal y actividades asociadas a ella: encarnadoras, fileteadores, comerciantes, etc. “Mientras se sigan concentrando los recursos del mar en manos de unos pocos que sacan el mayor beneficio, el hambre, la cesantía y el agotamiento de las especies se mantendrán”, agrega Eduardo Quiroz.

 

El arrastre es reconocido en el mundo como un arte de pesca poco selectivo y depredatorio. “Desgraciadamente no nos escucharon. Hoy estamos frente a una crisis casi terminal. El Estado debe hacerse responsable del hambre que se vive en las caletas”, dice Cosme Caracciolo, presidente de la Confederación Nacional de Pescadores Artesanales (CONAPACH). La merluza no es la única especie en peligro. Hay una fauna asociada de 96 especies, entre ellas, el congrio colorado, dorado, tollo, pejegallo, lenguado, raya, y otras, que también son arrasadas. “Es una aberración que los peces sean propiedad de alguien, estando aún en el mar. El hambre es detonante de explosiones sociales. Nos preocupa que las autoridades sigan en el limbo. Bachelet es una reina en la torre: tiene buenas intenciones, pero su equipo económico no le hace caso”, agrega.

 

Grandes empresas como El Golfo, Alimar, Bío Bío y SPK han agotado la merluza. Miguel Nanjarí, dirigente de los artesanales de San Vicente, en la VIII Región, explica que tienen problemas por las cuotas: “Estoy acá en Valparaíso solidarizando con mis compañeros pescadores. En mi región vivimos lo mismo. Con botes pequeños y pescadores con cuotas mínimas, no alcanza para subsistir. Queremos seis meses de pesca y otros seis de veda. Es la única forma de proteger los recursos. Pedimos a la autoridad que durante los meses en que la sardina desova no se pesque. Si no hacemos nada, en un par de años más la sardina desaparecerá, igual que la merluza”, dice.

 

Para Gerardo Abarca, pescador de Caleta Diego Portales, la crisis se arrastra hace unos nueve años. Ha trabajado más de 50 años en la pesca: “Cuando empecé a ir a la mar, era un niño. Poco a poco llegaron barcas españolas. Salían del muelle y al llegar a El Membrillo, tenían la carga. Ahora barren el mar como una escoba. Ya no hay pescadas, sardinas, jureles, sierras... Los pelícanos nunca se veían en tierra. Están aquí porque tienen hambre, igual que nosotros. Los cerqueros cierran 4.000 brazadas, obtienen la carga y lo demás lo botan. Lo mismo hace la red de arrastre. Elijen peces grandes y el 70 por ciento lo desechan muerto. Es criminal. Sacan jureles de no más de 15 centímetros, millones de toneladas. El gobierno dice que la corriente se llevó la merluza más al sur. Es mentira. En todo el mundo los industriales han exterminado la merluza. Imagínese cuánto cesante queda. La solución es proteger la mar, no vivir de limosnas”.

 

En caleta Diego Portales vendieron más de la mitad de las embarcaciones: “Había 120… si quedan 60, es mucho. Nos dicen que podemos hacer otro arte de pesca… Bien, pero con estos botes no. Para trabajar langostinos, hay que llevar trampas… no caben acá. Cuántos han muerto ahogados por sacar jibias. En el último tiempo tres pescadores se han ahorcado, por la desesperación”,

dice Leonardo Muñoz.

En Santiago, Arnaldo Pérez Guerra

© Rel-UITA

26 de octubre de 2007

 Fotos: Jorge Salomón

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