Uruguay

 

La Operación Unitas y el gobierno de izquierda

Guillermo Chifflet, una voz solitaria

 

El jueves 6 en la Cámara de Representantes siete de los 69 legisladores del Encuentro Progresista–Frente Amplio se negaron a aprobar la participación del país en la Operación Unitas. Seis diputados decidieron retirarse de sala; Guillermo Chifflet, diputado por el Partido Socialista, prefirió permanecer en su banca y votar explícitamente en contra. Mientras un buque de la Armada navega hacia aguas brasileras donde se sumará a las maniobras junto a sus pares de Argentina, Brasil, Estados Unidos, reproducimos a continuación la fundamentación en sala del voto contrario de Chifflet.

 

 

 

-Señora Presidenta: voy a hacer algunas puntualizaciones previas antes de fundamentar mi voto, convencido y estudiado, radicalmente contrario a la Operación Unitas.

 

No creo que exista –lo he discutido desde hace tiempo atrás con mis compañeros– una cultura de gobierno y una cultura de oposición. El mejor ejemplo que puedo poner es el de Emilio Frugoni. Él vino acá con un compromiso de clase y dijo que iba a ocupar su sitio en la banca como portavoz de la clase obrera, y fue consecuente con eso. Sin embargo, desde la oposición informó proyectos de gobierno, y desde luego no tenía ningún inconveniente en aportar y señalar todo lo que estaba convencido que se debía realizar desde el gobierno, pero lo planteaba desde la oposición.

 

De otros maestros importantes, como Carlos Quijano, los uruguayos hemos recibido notables ejemplos. Él supo optar en algunos momentos de su vida por sus principios, aun al precio de la soledad.

 

Tampoco creo –aunque fue citado aquí y se lo atribuyó a un editorial de don Carlos– en la ética de la convicción y de la responsabilidad. Con esa máscara se votó la ley de la impunidad, y yo no estoy de acuerdo con que haya más de una ética. Por suerte, ayer escuché al compañero Gargano decir exactamente lo mismo en una entrevista de televisión, porque esta es una convicción muy arraigada en muchos socialistas. Diría más: debemos tomar posiciones que pueden parecer estúpidas –lo reconozco– hasta en problemas de método.

 

Por ejemplo, yo no doy ninguna recomendación para cargos y jamás entrego una tarjeta de presentación siquiera. Cuando alguien me dice que quiere hablar con tal Ministro o con tal dependencia pública, etcétera, le contesto: "Señor –o compañera– vaya usted y que le atiendan como corresponde que se atienda a cualquier ciudadano. Si lo atienden mal, venga que el que protesto soy yo". Tenemos la obligación de asumir esas actitudes en los temas de fondo, y aun en estos detalles que pueden parecer estúpidos.

 

En ese sentido, Ernesto "Che" Guevara habló alguna vez de la propaganda de la conducta y él fue, por cierto, un héroe americano que supo decir lo que pensaba, y actuaba de acuerdo a su pensamiento en toda circunstancia.

 

Estos días he releído las versiones taquigráficas de numerosas sesiones parlamentarias en las que se debatió sobre la Operación Unitas. Tengo en mi banca los planteamientos que yo mismo hice en nombre de mi sector y como integrante del Frente Amplio en 1993, en 1994, en 1996 y en 2002. Las he leído con el mayor cuidado y, debo decir con toda sinceridad, también con cierta angustia. ¿Y por qué razón es esa angustia? Porque toda discrepancia puede conspirar contra la unidad política de la fuerza del cambio que con inmenso sacrificio se ha ganado el gobierno.

 

La vida me ha enseñado que la unidad de los trabajadores y la unidad de la izquierda son fundamentales para alcanzar los objetivos programáticos que concitan la esperanza de amplios sectores de nuestro pueblo y, en general, de estos pueblos del sur.

 

Siento, desde la razón y el corazón, que entre la fidelidad a lo que, desde mi punto de vista, debemos empecinadamente sostener y las discrepancias que honradamente sostienen otros compañeros, hay diferencias y se deberán desencadenar desacuerdos. Pero si los procesamos en las bases y en los máximos organismos de decisión de nuestras fuerzas políticas, con el respeto que nace de las experiencias de lucha y de acciones que han costado vidas, que el Frente ha librado –que nace, además, de ideas que están, a mi modo de ver, en las raíces de nuestros compromisos, de ese debate maduro, con la firmeza y la serenidad que siempre han aportado a nuestros militantes sus convicciones–, puede surgir una profundización de la unidad. Pero este es un tema que deberá ser analizado en instancias de máxima representación de nuestra fuerza política. Lo que no acepto es que se me diga que hoy votamos esto, pero que lo vamos a discutir porque se va a abrir un amplio debate. A mí no me parece bien primero votar y después discutir.

 

Ninguno de nosotros teme al imprescindible debate que tiene que surgir de los pronunciamientos sobre el tema que estamos considerando. Todos sentimos que, como marcara en la Biblia el Apóstol Juan, la verdad nos hará libres. Y sabemos, como enseñara Lenin, que sólo la verdad es revolucionaria. Busquémosla, desde luego, pero entre todos.

 

En el tema que consideramos no he escuchado ni un solo argumento que pueda convencerme de que las circunstancias que han determinado nuestro pronunciamiento en sucesivas votaciones anteriores, hayan cambiado. Realmente, he escuchado y esperado con ansiedad esos argumentos. La realidad me dice que los factores de la situación política y militar mundial no han cambiado; lo que veo y analizo, honradamente, me dice algo más: observo que las razones del centro imperial no sólo no han cambiado sino que, en mi propia y modesta valoración, y de las lecturas de la realidad que hacen Ramonet, Chomski, entre otros, y los propios asesores del señor Presidente Bush, o importantes líderes latinoamericanos, como esa gran figura de Marcos en México y de todos los líderes más importantes hacia el sur, observo que las circunstancias se han agravado. Y variar mi voto cuando soy consciente de los riesgos de un alineamiento con intereses ajenos a Uruguay, a la Patria Grande Latinoamericana, a los explotados del mundo, conspiraría tanto contra lo que siento son valores con los que personalmente he estado y con los que estoy comprometido, que me sentiría herido por mí mismo.

 

Como señalé, se dice que habrá un gran debate, que se abrirá un gran debate para determinar los lineamientos de defensa. ¡Bienvenido!, pero primero debatamos y después votemos; lo contrario, a mi juicio, significaría una contradicción.

 

En su "Historia del Imperialismo Norteamericano", un gran maestro –empleo la palabra en el sentido más hondo de la palabra compañero–, Vivian Trías, señala que la política rara vez es color de rosa. Y que la Operación UNITAS no es, por cierto, la inocua operación rosada que se pretende presentar. Estoy convencido de que no es una operación aséptica, que no es la colaboración con la cual sólo se plantea, desde el centro imperial, donar generosamente información técnica a quienes no están al día en los avances tecnológicos. Siempre he sostenido que la Operación UNITAS forma parte de una política, de una estrategia. Y hoy estoy más convencido que nunca, aunque el riesgo de alineamientos es mayor, porque ni siquiera hay adversarios fuertes ante ese enemigo principal que pudieran ser el pretexto para enmascarar al asesoramiento que ofrecería la Operación UNITAS.

 

En un libro que está aquí, en la Biblioteca del Palacio Legislativo, que se titula "Armas y política en América Latina", escrito por Edwin Lieuwen –no es alguien opositor al imperio–, se informa que desde mediados de siglo pasado el Congreso de Estados Unidos dictó la Ley de Seguridad Mutua, que organizó la asistencia militar con ayuda técnica, porque el adiestramiento de las Fuerzas Armadas latinoamericanas está entre los objetivos del Pentágono. Y en toda la política respecto de algunos países –está demostrado en América Latina– se actúa como en la antigua Roma. Tengo aquí un libro de Brezczinsky, asesor principal de gobiernos norteamericanos –que no voy a leer porque hasta es ofensivo–, que trata la conducta de nuestros países como propia de los vasallos. Porque ellos hablan muy claramente. En ese libro al que me refería, Lieuwen explica que todo el aparato militar del Pentágono en el sur está destinado a atraerse a las élites militares para convertirlas en salvaguardas del "status quo".

 

Esta ha sido la historia reciente, pero puedo mencionar otros hechos. ¿Qué nos dice la historia? A mi juicio, indica, expresa, grita, denuncia y lo hace con dolor de pueblos, que son muchos los casos en los que protestas o movimientos liberadores fueron aplastados por militares reaccionarios, preparados y asesorados en las escuelas del norte. Esto es tan así que no permite negar que Washington haya tenido éxito en su política.

 

No fue por casualidad que el 11 de setiembre de 1973, cuando Pinochet y sus secuaces asaltaron el gobierno del gran Presidente Salvador Allende, todo comenzara en el Puerto de Valparaíso donde se producía –¿saben qué?– la Operación UNITAS. Y nadie es tan ingenuo como para no saber que si el golpe no se hubiese impuesto con el bombardeo criminal a La Moneda, la propia flota de la UNITAS habría complementado la traición de los aviones extranjeros que apoyaron el operativo contra la casa presidencial. Aprovecho para decir al pasar que Pinochet tiene la máxima condecoración de las Fuerzas Armadas Uruguayas, que le fue entregada en abril de 1976 por el dictador Bordaberry y el ministrito Juan Carlos Blanco.

 

No voy a relatar otros episodios de nuestra América que nos han marcado a todos y que estuvieron respaldados por el asesoramiento técnico y el apoyo militar concreto de gobiernos de Estados Unidos.

 

Voy a ir un poco más atrás. En 1954, en Guatemala había un gobierno progresista, primero de Juan José Arévalo, un gran maestro, y luego del coronel Jacobo Arbenz. Como periodista presencié debates en la Cámara en los que se acusaba a ese gobierno de comunista. Hoy sabemos perfectamente que quería que Guatemala fuera de los guatemaltecos y que ese fue su único delito. El país estaba dominado prácticamente por transnacionales como la "United Fruit Company"; el puerto, los ríos, los arroyos eran propiedad privada. Cuando el gobierno de Arbenz realiza la reforma agraria y dice que el agua de los arroyos eran propiedad pública, hasta hubo sacerdotes que indicaban a los indígenas que no tomaran de esa agua porque tenía comunismo. Acá, en la Cámara, costó mucho sacar una declaración. Recuerdo que en el Partido Nacional estaba García Austt, y era uno de los pocos que defendía esto; creo que también lo hacía el senador Cussano.

 

Advierto que se enciende la luz indicando que se está terminando el tiempo de que dispongo, y aún no he dicho ni la mitad de lo que quiero decir.

 

SEÑORA PRESIDENTA (Castro).

-Le restan dos minutos, señor Diputado.

 

SEÑOR CHIFFLET:

-Señora Presidenta: ¿no se puede declarar debate libre, a los efectos de utilizar unos minutos más?

 

SEÑORA PRESIDENTA:

-Sí se puede proponer, de acuerdo con el Reglamento.

 

Puede continuar.

 

SEÑOR CHIFFLET:

-Termino en cinco minutos, señora Presidenta.

 

En una oportunidad, en una entrevista, pude hablar con Celia de la Serna, la madre de Ernesto Guevara, quien me contó hechos irrepetibles, como que él había visto obligar a guatemaltecos a cavar fosas, luego se tiraba napalm sobre ellos y una tapadera.

 

Ella dijo: "En ese momento, Ernesto se juró algo a sí mismo". Eso es verdad, porque desde allí fue a México y se embanderó con la primera revolución que le ofreció un lugar de lucha.

 

¿Ha habido o no toda una larga historia de formación de militares, de preparación técnica que, en algunos casos, culminó, como en la Escuela de las Américas, con la confesión por parte de quienes actuaron al frente de la misma, de que allí se preparó a los dictadores de los países del sur? El intercambio que facilita y promueve lazos fraternos entre la Armada de Estados Unidos y las del sur en operaciones como la UNITAS, no es inocente.

 

Voy más allá: la política de Estados Unidos y, en especial, su política militar, no coincide con nuestro interés nacional, con lo que a mi modo de ver son nuestros objetivos nacionales.

 

En 1996 –por citar una de mis intervenciones parlamentarias sobre el tema– terminé diciendo, precisamente, que estas no son operaciones inocentes.

(Suena el timbre indicador de tiempo)

 

-Si se necesitara perfeccionar técnicamente a nuestras Fuerzas Armadas, debería concertarse con otros países que no pudieran incidir negativamente en el espíritu de las nuevas generaciones de militares. Ese año terminé diciendo: votamos discordes con la aprobación de este proyecto, porque consiste en la materialización de una política continental militar que no coincide, en nuestro concepto, con nuestros más altos intereses nacionales.

 

SEÑORA PRESIDENTA (Castro):

-Por favor, señor Diputado, redondee su pensamiento.

 

SEÑOR CHIFFLET:

-Desde entonces a hoy, las circunstancias se han agravado. El Gobierno del señor Bush ha invadido países al margen de Naciones Unidas. No se tomó la molestia, siquiera, de realizar las maniobras necesarias para contar con el aval del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas en el que, por otra parte, predominan los intereses de los países más poderosos. Desde mucho tiempo atrás, el supuesto subyacente en la política del gobierno norteamericano es que el sistema de organización y poder social en ese país y la ideología que lo acompaña –explica Chomski–, deben ser universales. Al respecto, hasta hay hechos casi desconocidos; pensaba relatar algunos.

 

Esas son las enseñanzas que se imparten desde el centro imperial. Es obvio que todos los adiestramientos, cursos de enseñanza, operaciones UNITAS, hasta la musiquita de las bandas...

 

(Campana de orden)

 

SEÑORA PRESIDENTA (Castro):

-¿Me permite, señor Diputado?

A continuación está anotado para hacer uso de la palabra el señor Diputado Peña Fernández, quien está dispuesto a otorgarle una interrupción si usted se la solicita.

 

SEÑOR CHIFFLET:

-Le prometo al señor Diputado Peña Fernández que no voy a ocupar más de tres minutos de su tiempo.

 

SEÑORA PRESIDENTA (Castro):

-Tiene la palabra el señor Diputado Peña Fernández.

 

SEÑOR PEÑA FERNÁNDEZ:

-Señora Presidenta: le concedo una interrupción al señor Diputado Chifflet. Tómese el tiempo que necesite, señor Diputado.

 

SEÑORA PRESIDENTA (Castro):

-Puede interrumpir el señor Diputado Chifflet.

 

SEÑOR CHIFFLET:

-Le agradezco mucho su generosidad, señor Diputado.

Decía que en un pasaje de un libro suyo llamado "El miedo a la democracia", Chomski informa que Horacio Arce, jefe del servicio de inteligencia de la contra –en la época del sandinismo–, tenía mucho que decir cuando fue entrevistado en México después de su deserción. ¿Saben qué explicó? En particular, describió su adiestramiento en una base de las Fuerzas Aéreas, al sureste de los Estados Unidos; identificó por su nombre a los agentes de la CIA que proporcionaron apoyo a los contras bajo la tapadera de la Agencia para el Desarrollo Internacional –AID– en la embajada de los Estados Unidos en Tegucigalpa, y destacó cómo el Ejército hondureño proporcionó información y apoyo para las actividades de la contra e informó de la venta de armas de tipo soviético suministradas por la CIA a la guerrilla del FMLN en el Salvador, que más tarde fueron presentadas como prueba de envíos cubanos y nicaragüenses. Posteriormente, Arce explicó: "Atacamos muchas escuelas, centros sanitarios y ese tipo de cosas. Hemos intentado hacerlo para que el gobierno nicaragüense no pueda proporcionar servicios sociales a los campesinos, no pueda desarrollar sus proyectos... esa es la idea". Evidentemente, el meticuloso entrenamiento norteamericano, en distintos caminos, logró hacer progresar esa idea. Esas son las enseñanzas, los conocimientos tecnológicos que se imparten por distintas, diversas y muy estudiadas vías, desde el centro imperial.

 

A mi juicio, es obvio, además, que todos los adiestramientos, cursos de enseñanzas, operaciones conjuntas y operaciones UNITAS, apuntan a determinados objetivos que no son los nuestros ni son asépticos. En materia de preparación nos enviaron hasta técnicos en torturas. ¿Esa es la incorporación tecnológica? Nunca es la lógica del enemigo la que nos beneficia. Nunca está la lógica del centro imperial por encima de las clases y en defensa de nuestro pueblo. Todo operativo en la lógica defensa de la política de dominio mundial se hace con las mejores palabras –claro está; hasta con musiquita de bandas–, pero tiene todo un engranaje basado en una estrategia.

 

Termino diciendo que hoy se citó aquí a Bolívar, cuando dijo: "Los Estados Unidos parecen destinados por la providencia para plagar la América de miserias a nombre de la libertad". Recuerdo que, poco antes, en una carta al Vicepresidente colombiano, había señalado: "Jamás seré de la opinión de que los convidemos a nuestros arreglos americanos".

 

¡Allá ellos con su política! Nosotros tenemos la obligación de ser consecuentes en la defensa de lo que yo considero son los más altos intereses nacionales.

 

Muchas gracias, señor Diputado.

 

 

Rel-UITA

11 de octubre de 2005

 

  

   UITA - Secretaría Regional Latinoamericana - Montevideo - Uruguay

Wilson Ferreira Aldunate 1229 / 201 - Tel. (598 2) 900 7473 -  902 1048 -  Fax 903 0905