Internacional

 

03.01.02

Nicaragua

 desigualdad extrema

 

Según el Programa de Desarrollo Humano de Naciones Unidas 2001 (PNUD), Nicaragua es el país con mayor índice de desigualdad del continente: el 10 por ciento de la población recibe ingresos equivalentes a los del 50 por ciento más pobre. El 40 por ciento de los habitantes de la capital (Managua) malviven con menos de un dólar al día. Y la situación en el campo es aún peor: el precio del grano de café ha descendido un 40 por ciento. Los desastres ambientales y la destrucción de la masa forestal han hecho el resto. Ciclones, huracanes, lluvias torrenciales, inundaciones, y ahora sequía. Según el Programa Mundial de Alimentos (PMA) la sequía afecta a más de 25.000 familias. Peor aún: más de medio millón de campesinos han perdido entre el 50 y el 100% de sus cosechas de maíz, fríjol y sorgo a causa de la sequía. Efectos paradójicos de la destrucción de los recursos medioambientales: al mismo tiempo, 9.000 indios miskitos de la costa atlántica han perdido sus cosechas arrasadas por las riadas.

La situación no es nueva. Dictaduras, guerras, intervencionismo, corrupción de unos y otros e intereses ajenos, han condenado al país al subdesarrollo, es decir, a la pobreza.

El Producto Interior Bruto (PIB) per cápita ha descendido un 70 por ciento entre la década de los 70 y el final de la década de los 90. Según la ONU, el 27 por ciento de la población nicaragüense no tiene ninguna posibilidad de acceder al desarrollo. Extrema falta de esperanza.

¿Cómo sobrevive, entonces, un país situado siempre al borde del abismo? En muchos casos la huida es la única solución. Las remesas de capital enviadas por los inmigrantes nicaragüenses a sus familias suponen el 14,4 por ciento del PIB.

Sin duda, como ocurre por todo el mundo, situaciones de extrema pobreza generan ingentes beneficios. A quienes son ajenos a esa pobreza, por supuesto: políticos y empresarios.

Decenas de maquilas (empresas que se encargan de una fase –coser bolsillos por ejemplo– de la producción textil descentralizada de las grandes multinacionales), se han instalado en zonas francas, exentas de cualquier impuesto. Su producción en el pasado año en todo el mundo superó los 150.000 millones de dólares, más que la producción conjunta de café banano y caña de azúcar. Son un modelo ejemplar de intensificación de la producción, no de desarrollo. Bastan los datos para demostrarlo: según el Instituto Nicaragüense de Seguridad Social (en un estudio realizado en 13 de estas maquiladoras) el 100% incumplía gravemente la legislación sobre higiene y seguridad en el trabajo. Por supuesto, las jornadas son interminables –se establecen de acuerdo a cuotas de producción individual que han de ser superadas cada día– y los salarios no permiten salir de la pobreza. Tan sólo les permiten malvivir, comer mal una o dos veces al día; poder comprar ropa usada, desechada por los países ricos y llegar a otra jornada de catorce horas fabricando ropa de marca.

¿Y la actitud de los políticos ante la extrema situación de su país, ante la explotación esclavista de sus ciudadanos?

Los salarios de la cúpula gubernamental superan los 10.000 dólares mensuales y han llegado a alcanzar los 23.000 dólares en el caso de Luis Durán, director de la oficina encargada de diseñar la estrategia para reducir la pobreza. La fortuna del presidente en funciones, Arnoldo Alemán, alcanza, según las estimaciones del diputado conservador Leonel Teller, los 250 millones de dólares. Una de las mayores fortunas del continente, propiedad del mandatario de uno de los países más pobres. El presidente Aleman es un corrupto, sin duda. Pero no va a ser juzgado por ello, pues existe un pacto entre el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) de Daniel Ortega y el partido gubernamental que bloquea cualquier acción de la justicia.

No parece que Enrique Bolaños, el candidato del Partido Liberal vencedor en las últimas elecciones presidenciales, vaya a ser la solución. Ha hecho promesas. Como todos los anteriores presidentes. Como Ortega y Alemán. Ajenas a la realidad y a los intereses de sus ciudadanos, ajenas a las más de 700.000 personas que sufren de ‘inseguridad alimentaria’ en Nicaragua, es decir, que no tienen qué comer.

 

Autor: Juan Carlos Galindo

Periodista

Centro de Colaboraciones Solidarias

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