México

Cancún, en el paquete "todo incluido"

 

Hace 20 años, profesionistas residentes en Cancún alertaron sobre la urgencia de consolidar ese polo turístico y mejorar las condiciones en que vivían miles de personas que dependían de esa actividad. Era un error, decían, dejar que el libre mercado expandiera desordenadamente la ciudad. Los ignoraron. Y es que a Cancún llegaban cada vez más inmigrantes en busca de empleo y una vida mejor. Muchos hicieron realidad sus sueños, pero muchísimos otros engrosaron las colonias marginales, la cara oscura de la lujosa zona hotelera. Cancún crecía como ninguna otra ciudad del país; sus hoteles y servicios saturaron más de 20 kilómetros de franja costera, pero se olvidó proteger de la contaminación y la eutroficación a sus lagunas Bohórquez y Nichupté, mientras crecía el número de pobres. Al proyecto ejemplar planteado hace 40 años, se impuso la ganancia rápida, la falta de un plan rector de crecimiento urbano, la corrupción oficial y de grupos privados.

 

Ni siquiera el huracán Gilberto sirvió para enmendar los errores. Por el contrario, se echó a caminar otro frente turístico en los 120 kilómetros que corren de Cancún a Tulum: la Riviera Maya. Pronto llegaron aquí las inversiones, en especial de origen español, y los visitantes que dejan divisas y rechazan el estilo mayakitsch de Cancún. "Vienen por todo" los españoles y su paquete todo incluido, me dijo una conocedora de la región, y lo están logrando gracias a las facilidades que les dan las instancias oficiales y a la falta de una política para hacer cumplir la normatividad ambiental, el uso del suelo y los recursos litorales.

 

También en la Riviera creció la pobreza y la desigualdad. Muchas fortunas de políticos, funcionarios y nuevos empresarios, el lavado de dinero y el narco, se deben a esta forma de ocupar el espacio costero, a la corrupción. Algo que también ha sucedido en España de la mano de funcionarios pertenecientes al partido cuyo ideólogo es el señor Aznar. Con la diferencia de que allá unos cuantos implicados están en la cárcel.

 

Algunos planes oficiales anunciados para evitar que siguiera la ocupación salvaje del Caribe no se cumplieron. La obra pública, los permisos y todas las facilidades se dirigen a garantizar las inversiones de los nuevos conquistadores. Un ex funcionario federal de alto nivel me explicó su imposibilidad de hacer cumplir la ley ambiental, la desidia oficial: era más poderosa la corrupción oficial y privada, unida a la necesidad de dar empleo a miles de familias indígenas de Yucatán, Campeche, Chiapas y otros estados con pobreza extrema, a fin de evitar el descontento y los apoyos a grupos radicales. La pobreza que se oculta al turista extranjero y a visitantes distinguidos cambió de paisaje.

 

Los huracanes Wilma y Emily de hace dos años fueron otra llamada de atención, no escuchada, sobre la necesidad de cambiar de rumbo para evitar seguir creciendo así. Hoy la erosión y el calentamiento global dejan sin playas a los hoteles. Pero los inversionistas quieren más: durante la reciente visita del mandatario español a Cancún los empresarios de allende el mar se quejaron de los problemas que enfrentan por falta de vialidades adecuadas y aeropuerto en la Riviera Maya, así como por los innumerables trámites y permisos que deben obtener para realizar sus negocios. Exigieron. Y el mandatario de aquí y el de allá, felices por la creación de empleos y las inversiones. El de aquí ofreció atender sus demandas. Ni una respuesta a las denuncias de las agrupaciones sociales y ambientales sobre la corrupción y la ocupación salvaje del Caribe mexicano por parte de los grupos empresariales. Ninguna reflexión sobre la pobreza y la desigualdad creadas por un modelo de crecimiento turístico obsoleto.

 

En el colmo, el titular de la Secretaría del Medio Ambiente y Recursos Naturales acepta que conoce las denuncias sobre el deterioro ecológico que han causado las empresas españolas. Sabe, pero no actúa, como el resto del aparato gubernamental. Sí, quieren todo pagado, como los all inclusive, como la idea benemérita de que no le deben nada al gobierno, y si éste quiere que le den las gracias, debe pagarles por anticipado.

Iván Restrepo

La Jornada

24 de julio de 2007

 

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